martes, 13 de diciembre de 2011

Con permiso

El cordón umbilical se nos enrolló alrededor del cuello y hoy, más o menos ahogados, fantaseamos con enterrar nuestras manos en ciertos pescuezos de aspecto melifluo y rastrero. Sí, hicimos un sacrificio humano –o como queramos denominar aquello–. Fue un instante sin corazón, un falso sorteo de quien elige cierta ruta para llegar a una viña que ignora, una foseta occipital que estigmatiza nuestros actos. ¿Y qué hay detrás de todo eso? Hay humo, hay estrategias pintorescas, hay trajes de fiesta gigantes parchados con paisajes nocturnos, hay una ola que pretendemos recortar mediante pactos tácitos y desvaríos morfeicos que insinúan ecos improvisados, hay gestos políticos muy respetables. Matamos a alguien; inauguramos un mirar a la pared para estirarla, para perdernos en las grietas que se asoman como quien extiende un chicle, un hola/qué calor hace/ tres cuellos/ huele a cielo/ con permiso/ mi cabellera. Y en el frente queda lo que queda. Habrá que andar hasta el final de los cuerpos que duermen al costado de la vía. Llenaremos de contenido la encrucijada una vez que concluya esta convulsión del alfabeto. Porque quizá no haya que entender cosa alguna, quizá enterramos un astro en aquella tumba y no un cadáver. No hay muerte, hay lenguas excesivamente enredadas, hay palabras. Hay vida, hay armonía violentada. El Cristo en la pared se encogió de hombros. Y si hay vida es porque necesito y merezco echarte un vistazo, en efecto, para empezar a desconocerme.

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