Me llamaron Alfonsina, nombre árabe que quiere decir "dispuesta a todo".
De lo relativo a su nariz puntuaguda:
A la altura de los ojos, una depresión marcadísima, con que se inicia, es precursora de súbitas arrogancias. Y en efecto, no tarda en sobresalir, curiosa, empinada hacia el cielo con aturdimiento tan singular, que algunos han dado en clasificarla como la característica de mi psicología. Las ventanas nasales, bien dilatadas, anuncian una sorpresa permanente... y cierta curiosidad de los músculos obiculares le prestan robustez, una robustez entre irónica y seria.
De sus propósitos confesables (autorretrato):
Tengo pensado mandar a hacer una tarjeta de visita que diga: ALFONSINA STORNI (buena persona y rigurosamente abstemia).
No me agrada formar parte de sociedad alguna. No contesto cartas. No acuso recibo a libros que merecían elogios. No sé adular. Voté con justicia cuando fui en la Capital Federal jurado de premios municipales. Cuando lloro me pongo horriblemente fea. No creo en la caridad. No creo en la reforma moral del ser humano. No creo en la educación común y menos en el escolar. Veo mejor los defectos de las personas que quiero que los de las que nada me importa. Tengo infinitos defectos morales que no conozco: me los han creado seres ajenos a mí que aseguran conocerlos muy a fondo; soy humilde; los soporto sin disfrutarlos. Mi defecto capital es la indiferencia (la indiferencia, dicen los moralistas, es la forma más aguda, aunque elegante, del egoísmo).
Diré ahora, para terminar con mi retrato, que soy profundamente estúpida. Si alguien dudara, le ruego que lea dos o tres veces este articulejo.
No me agrada formar parte de sociedad alguna. No contesto cartas. No acuso recibo a libros que merecían elogios. No sé adular. Voté con justicia cuando fui en la Capital Federal jurado de premios municipales. Cuando lloro me pongo horriblemente fea. No creo en la caridad. No creo en la reforma moral del ser humano. No creo en la educación común y menos en el escolar. Veo mejor los defectos de las personas que quiero que los de las que nada me importa. Tengo infinitos defectos morales que no conozco: me los han creado seres ajenos a mí que aseguran conocerlos muy a fondo; soy humilde; los soporto sin disfrutarlos. Mi defecto capital es la indiferencia (la indiferencia, dicen los moralistas, es la forma más aguda, aunque elegante, del egoísmo).
Diré ahora, para terminar con mi retrato, que soy profundamente estúpida. Si alguien dudara, le ruego que lea dos o tres veces este articulejo.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada