domingo 1 de enero de 2012

La sede

Hace dos semanas, sentada en la escalera del frontis de la facultad junto a unos amigos, divisé a un hombre de cincuenta años con la piel muy tostada que caminaba sin polera y descalzo. De pronto se bajó el pantalón y procedió a defecar al costado del pilar de la entrada de la facultad. Afortunadamente no vi en detalle su empresa, pero no creo equivocarme si afirmo que fui la única persona que lo vio puesto que mis amigos lo notaron sólo cuando se los comenté un rato después. Luego, el jueves pasado, estando detenida al lado del semáforo pronta a cruzar la calle, me encontré cara a cara con el mismo sujeto. Su presencia me infló de expectación. Seguramente él es un demente asumido, probablemente un esquizofrénico ermitaño bastante zafado, y desde luego yo también estoy loca, pero el mero saberlo y elegir no exacerbarlo con todas las dificultades que ello implica me mantiene aún con los pies sobre la tierra. No admito esto para vanagloriarme, y es que por experiencia propia y pasada, estar loco tiene todas las de un martillo sin eco que, a su modo, se encarga muy profesionalmente de zurcir el cerebro a balazos por culpa de aquellos orificios del tiempo que nada ni nadie podría describir siquiera. Algunos años atrás, cuando decidí abandonar mis vacaciones interplanetarias para depositarme en esta inentendible estadía solar, me propuse un número limitado de tareas de defensa -por cierto, muy vergonzosas e infantiles- para mantenerme más o menos civil y operativa. Por eso estoy obligada a auscultar las hermosas manifestaciones de lo inefable, y es terriblemente maravilloso, lo suficiente para conjurar lágrimas de emoción, pero imposible porque no hay muerto sino muertes y avecillas y viento. Fue así como hablamos a nuestra manera, en nuestro idioma. Entre sus labios había un cigarrillo que, concluyo, recogió en algún rincón de la selva; me pidió fuego, prendí la llama de mi encendedor y lo acerqué hasta su boca. Insisto, la situación se desenvolvió sin invocar palabra alguna, acaso miramos las fachadas de los comercios cercanos sin limitarnos siquiera a mirarnos a los ojos. Claro, los ojos no sirven, y las palabras aún menos porque no hay nada que hablar. Icluso lo nunca dicho también fue dicho: en la luz de las estrellas que atraviesa el tiempo, en todas las historias de amor que inauguraron y rompieron ciclos, en el follaje de los árboles que se alimenta del humus, en la intertextualidad. Este encuentro me hizo recordar, volver al corazón, "re-cordis". Porque la memoria tiene una sede propia, y está en el corazón (y a este corazón corresponde regalarlo. Lo único que tengo claro en esta vida es que hay que regalarlo).

A continuación "El amor de los locos" (Rafael Courtoisie):

Un loco es alguien que está desnudo de la mente. Se ha despojado de sus ropas invisibles, de esas que hacen que la realidad se y se desvíe. Los locos tienen esa impudicia que deviene fragilidad y, en ocasiones, belleza. Andan solos, como cualquier desnudo, y con frecuencia también hablan solos ("Quien habla solo espera hablar con Dios un día").
Más difícil que abrigar un cuerpo desnudo es abrigar un pensamiento. Los locos tienen pensamientos que tiritan, pensamientos óseos, duros como la piedra en torno a la que dan vueltas, como si se mantuvieran atados a ella por una cadena de hierro de ideas.
El cerebro de un pájaro no pesa más que algunos gramos, y la parte que modula el canto es de un tamaño mucho menor que la cabeza de un alfiler, un infinitésimo trocillo de tejido, de materia biológica que, con cierto aburrimiento, los sabios escrutan al microscopio para descifrar de qué manera, en tan exiguo retazo, está escrita la partitura.
Pero desde mucho antes, y sin necesidad de microscopio ni de tinciones, el loco sabe que el canto del pájaro es inmenso y pesado, plomo puro que taladra huesos, que se mete en el sueño, que desfonda cualquier techo y no hay cemento ni viga que pueda sostener sus hartura, su tamaño posible. Por eso que algunos locos despiertan antes de que amanezca y se tapan los oídos con su propia voz, con voces que sudan de adentro, de la cabeza.
Los pensamientos del loco son carne viva, carne sin piel. En el desierto del pensamiento del loco el pájaro es un sol implacable. El canto cae como una luz y un calor que le picara al loco en la cerne misma de la desnudez.
Pero la desnudez del loco es íntima: de tanto exhibirla queda dentro. Es condición interior, pasa desapercibida a las legiones de cuerdos cuya ánima está cubierta por completo de tela basta, gruesa, trenzada por hilos de la costumbre.
El único instrumento posible para el loco, para defender su desnudez, es el amor. El amor de los locos es una vestimenta transparente. Esos ojos vidriosos, ese hilo ambarino que orinan por las noches, ese fragor y ese sentimiento copioso y múltiple que no alteran las benzodiazepinas, que no disminuye el Valium, permanecen intactos en el loco por el arte del amor.
Es un amarillo, y una cuchara, y un punzón. Es todo menos un vestido, no cubre sino que atravieza, no mitiga sino que exalta. El amor de los locos tiene una textura, un porte y una sustancia.
La sustancia se parece al vidrio, pero es el vidrio de una botella rota.

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