Siempre pensé que la labor que el silabario hispanoamericano construyó en mí fue tan sólo uno de lo tantos salvavidas a los que tuve que recurrir para sobrellevar el cariz indeciblemente azul de todos los atardeceres. Y cuanto menos puedo decir respecto a los salvavidas es que operan de un modo curioso, casi como la semisuma de los designios divinos con los mundanos y lo que uno piensa retrospectivamente acerca de ellos cuando los prepondera de acuerdo a simbolismos íntimos. Desde hace algunos días vengo reflexionando en el cómo y el por qué del silabario en mi vida, en qué significa y qué consecuencias trajo; en haber aprendido a leer con estos ojos y con este corazón. Reparo en lo de mis ojos porque la primera palabra que aprendí a leer fue "ojo", palabra que en rigor no sabía leer puesto que memoricé que se escribía tal como uno dibujaría el rostro de una persona curiosa; reparo en lo de mi corazón porque lo ando trayendo en las manos disuelto y parchado como quien lleva un animalito muerto con la sangre aún tibia al templo de sacrificio (pese a que realmente sé que mi corazón necesita ser regalado; soy demasiado mujer y es infinitamente inexplicable cómo eso está inscrito en mí). Sé leer, sé escribir, sé cuáles son las vocales y cúales son las consonantes, conozco al revés y al derecho las reglas de acentuación, sé qué tan peligrosos son los neologismos en materia de demencias varias, conozco la etimología de todo el abecedario español y las grafías que dieron origen a cada una de las letras, sólo recuerdo las reglas de ortografía alusivas a los plurales de las palabras terminadas en "z" y las restantes las reconozco intuitivamente gracias a la costumbre, sé que los acentos gráficos existen consuetudinariamente para diferenciar las etimologías de las palabras y que realmente no existen -o en su defecto, híper existen debido a que todas las sílabas están acentuadas fonéticamente-, me he percatado ya de que el idioma español es una semilla muy fértil en virtud de todos los tiempos verbales que ofrece -y ni hablar del exceso de expresiones tipo póquer que sirven para identificar un millón de cosas usadas discretamente en múltiples lugares, contextos y países-. Pero hay algo que ignoro y que probablemente nunca sabré deletrear, algo que me está vedado a mí y a todos los que vivimos en el logos: ¿Cómo son las palabras cuando uno les quita la ropa?, ¿hacen el amor?, ¿cómo se ven en la mañana antes de maquillarse y ponerse sus trajecitos? Ignorar ello es ignorar todo lo que debería saber para sentirme más o menos coherente con mi historia desde este lado de la vía. En efecto, son veinte y pico años trazados en torno a una espiral, veinte y pico años dibujados antes de que este cuerpo supiera siquiera cómo decir el nombre que le inventaron, veinte y pico años empañados por el saludo y la despedida que se dieron los astros aquella noche de mayo en la que balbuceé mi primer llanto. Porque preguntarse por eso es lo mismo que intentar descifrar de dónde sacaré fuerzas para entender que él está al borde de aquella tijera que da y quita la vida, él, el misterio que debía ser resuelto mediante la lectura puesto que en cuanto aprendiera a leer podría acceder al gran secreto que los adultos me ocultaban. La ingenua promesa del entendimiento (esbozada por un silabario) está, finalmente, echando raíces. Y eso es lo menos -¡lo menos!- que podría decir.
jueves, 2 de febrero de 2012
Silabario hispanoamericano
Siempre pensé que la labor que el silabario hispanoamericano construyó en mí fue tan sólo uno de lo tantos salvavidas a los que tuve que recurrir para sobrellevar el cariz indeciblemente azul de todos los atardeceres. Y cuanto menos puedo decir respecto a los salvavidas es que operan de un modo curioso, casi como la semisuma de los designios divinos con los mundanos y lo que uno piensa retrospectivamente acerca de ellos cuando los prepondera de acuerdo a simbolismos íntimos. Desde hace algunos días vengo reflexionando en el cómo y el por qué del silabario en mi vida, en qué significa y qué consecuencias trajo; en haber aprendido a leer con estos ojos y con este corazón. Reparo en lo de mis ojos porque la primera palabra que aprendí a leer fue "ojo", palabra que en rigor no sabía leer puesto que memoricé que se escribía tal como uno dibujaría el rostro de una persona curiosa; reparo en lo de mi corazón porque lo ando trayendo en las manos disuelto y parchado como quien lleva un animalito muerto con la sangre aún tibia al templo de sacrificio (pese a que realmente sé que mi corazón necesita ser regalado; soy demasiado mujer y es infinitamente inexplicable cómo eso está inscrito en mí). Sé leer, sé escribir, sé cuáles son las vocales y cúales son las consonantes, conozco al revés y al derecho las reglas de acentuación, sé qué tan peligrosos son los neologismos en materia de demencias varias, conozco la etimología de todo el abecedario español y las grafías que dieron origen a cada una de las letras, sólo recuerdo las reglas de ortografía alusivas a los plurales de las palabras terminadas en "z" y las restantes las reconozco intuitivamente gracias a la costumbre, sé que los acentos gráficos existen consuetudinariamente para diferenciar las etimologías de las palabras y que realmente no existen -o en su defecto, híper existen debido a que todas las sílabas están acentuadas fonéticamente-, me he percatado ya de que el idioma español es una semilla muy fértil en virtud de todos los tiempos verbales que ofrece -y ni hablar del exceso de expresiones tipo póquer que sirven para identificar un millón de cosas usadas discretamente en múltiples lugares, contextos y países-. Pero hay algo que ignoro y que probablemente nunca sabré deletrear, algo que me está vedado a mí y a todos los que vivimos en el logos: ¿Cómo son las palabras cuando uno les quita la ropa?, ¿hacen el amor?, ¿cómo se ven en la mañana antes de maquillarse y ponerse sus trajecitos? Ignorar ello es ignorar todo lo que debería saber para sentirme más o menos coherente con mi historia desde este lado de la vía. En efecto, son veinte y pico años trazados en torno a una espiral, veinte y pico años dibujados antes de que este cuerpo supiera siquiera cómo decir el nombre que le inventaron, veinte y pico años empañados por el saludo y la despedida que se dieron los astros aquella noche de mayo en la que balbuceé mi primer llanto. Porque preguntarse por eso es lo mismo que intentar descifrar de dónde sacaré fuerzas para entender que él está al borde de aquella tijera que da y quita la vida, él, el misterio que debía ser resuelto mediante la lectura puesto que en cuanto aprendiera a leer podría acceder al gran secreto que los adultos me ocultaban. La ingenua promesa del entendimiento (esbozada por un silabario) está, finalmente, echando raíces. Y eso es lo menos -¡lo menos!- que podría decir.
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