Niño regordete moreno viste sandalias y vende parches curitas a la salida del metro. Sería válido hacer disquisiciones respecto a si se trataba de la entrada o de la salida del metro puesto que el asunto depende de donde se esté situado, de si se va saliendo o entrando al metro, pero insisto, niño regordete y moreno viste sandalias y vende parches curitas en el zaguán del metro. Él grita "parches, parches, parches" como si supiera que vender parches no es cualquier cosa, y en su cadencia hay desesperación porque sabe que es políticamente incorrecto que un niño como él se dedique a auscultar enfermo por enfermo dónde duele y por qué entre enfermos enfermos y enfermos no tan enfermos. En la última repetición de la palabra "parche" parece exhausto e incluso algo molesto debido a que las personas que por allí transitan no han captado aún lo que significa tener parches bajo la manga, y esto último no es de extrañarse porque vender parches no es cualquier cosa. Vender parches a cien pesos es ofrecer a un precio módico y terrenal una opción para encerrar el paso del tiempo con una valla. Pero esa interrupción al flujo del espacio-tiempo (evasión a la posibilidad de ser transgredido por agentes externos a la zona cero, decir que sí pero no a la prolongación de la impresión mediante el recurso de la violación del ritmo del devenir que cualquier buen cristiano podría experimentar desde su casa en un sofá mientras lee las noticias en el diario, abanderarse por la verdad o la mentira tal como un niñito aguerrido con delirios de grandeza lo haría) es ostracismo y artificio milenario. Palimpsestos hallados en algo que parece ser una de las primeras banditas de la historia de la inhumanidad sugieren que otrora se escribían rituales al interior de éstas: listas de buenos deseos firmadas por los hombres libres de la ciudad, cartas al director acerca de extraños vicios en las máquinas tragamonedas en las que se injuria a Charles Fey, dedicatorias de odio manifiesto para con uno mismo ideadas para canalizar ciertos tipos de miseria humana, etcétera. De esta multiplicidad de rituales se desprenden las diversas formas de tratar, inventar o ignorar una herida. Se aísla la herida cuando se localiza, disecciona y aparcela un trocito de miedo para reubicarlo a gusto propio en un área de piel donde no hay sangre y nada supura; se aísla la herida cuando efectivamente existe un área de piel donde hay sangre y algo supura; se aísla la herida para hacer creer que hay sangre y algo supura ya sea si hay algo que sangra y supura o si no lo hay independiente de si eso que sangra y supura es una fantasía, un fin, un medio o algo que realmente sangra y supura.
Para mí él podría ser la reencarnación de Sor Teresa de Calcuta, un filántropo inserto en el envase de un niño regordete y moreno que viste sandalias, o un niño regordete y moreno que viste sandalias. Pero de cualquier modo él vende parches, y eso no es cualquier cosa.