jueves, 16 de febrero de 2012

De lo relativo a vender parches curitas


Niño regordete moreno viste sandalias y vende parches curitas a la salida del metro. Sería válido hacer disquisiciones respecto a si se trataba de la entrada o de la salida del metro puesto que el asunto depende de donde se esté situado, de si se va saliendo o entrando al metro, pero insisto, niño regordete y moreno viste sandalias y vende parches curitas en el zaguán del metro. Él grita "parches, parches, parches" como si supiera que vender parches no es cualquier cosa, y en su cadencia hay desesperación porque sabe que es políticamente incorrecto que un niño como él se dedique a auscultar enfermo por enfermo dónde duele y por qué entre enfermos enfermos y enfermos no tan enfermos. En la última repetición de la palabra "parche" parece exhausto e incluso algo molesto debido a que las personas que por allí transitan no han captado aún lo que significa tener parches bajo la manga, y esto último no es de extrañarse porque vender parches no es cualquier cosa. Vender parches a cien pesos es ofrecer a un precio módico y terrenal una opción para encerrar el paso del tiempo con una valla. Pero esa interrupción al flujo del espacio-tiempo (evasión a la posibilidad de ser transgredido por agentes externos a la zona cero, decir que sí pero no a la prolongación de la impresión mediante el recurso de la violación del ritmo del devenir que cualquier buen cristiano podría experimentar desde su casa en un sofá mientras lee las noticias en el diario, abanderarse por la verdad o la mentira tal como un niñito aguerrido con delirios de grandeza lo haría) es ostracismo y artificio milenario. Palimpsestos hallados en algo que parece ser una de las primeras banditas de la historia de la inhumanidad sugieren que otrora se escribían rituales al interior de éstas: listas de buenos deseos firmadas por los hombres libres de la ciudad, cartas al director acerca de extraños vicios en las máquinas tragamonedas en las que se injuria a Charles Fey, dedicatorias de odio manifiesto para con uno mismo ideadas para canalizar ciertos tipos de miseria humana, etcétera. De esta multiplicidad de rituales se desprenden las diversas formas de tratar, inventar o ignorar una herida. Se aísla la herida cuando se localiza, disecciona y aparcela un trocito de miedo para reubicarlo a gusto propio en un área de piel donde no hay sangre y nada supura; se aísla la herida cuando efectivamente existe un área de piel donde hay sangre y algo supura; se aísla la herida para hacer creer que hay sangre y algo supura ya sea si hay algo que sangra y supura o si no lo hay independiente de si eso que sangra y supura es una fantasía, un fin, un medio o algo que realmente sangra y supura.
Para mí él podría ser la reencarnación de Sor Teresa de Calcuta, un filántropo inserto en el envase de un niño regordete y moreno que viste sandalias, o un niño regordete y moreno que viste sandalias. Pero de cualquier modo él vende parches, y eso no es cualquier cosa.

lunes, 6 de febrero de 2012

A.M.

Sí, usted, creatura de las dos treinta antes del meridiano ¿qué me quiere decir con esa búsqueda, tan como de si me quisiera decir algo en un idioma que ni usted domina, tan como de que se guarda una cuchilla bien adentro? Nada de eso aparece en la biblia. Si es así de escrupuloso (y mucho más), explíqueme: quisiera entender qué es más sensato, si dejar mi cigarrillo prendido sobre el cenicero y que se consuma mientras usted se ausenta o apagarlo cuidadosamente antes de de que me vaya para luego prenderlo al volver, si es que algún día vuelvo acaso. En fin, comprenderá que nada de eso realmente importa. Hay otro cigarrillo en mi boca, lo sostengo firmemente entre mis labios y está bien prendido. De modo que, aunque parezca como que sí, no.

viernes, 3 de febrero de 2012

La espalda


"Palabra a un espejo", Omar Cáceres

Hermano, yo, jamás llegaré a comprenderte;
veo en ti un tan profundo y extraño fatalismo,
que bien puede que fueras un ojo del Abismo,
o una lágrima muerta que llorara la Muerte.
En mis manos te adueñas del mundo sin moverte,
con el mudo estupor de un hondo paroxismo;
e impasible me dices: «conócete a ti mismo»,
¡como si alguna vez dejara de creerte!...
De hondo como el cielo, cuán dulce es tu sentido;
nadie deja de amarte, todo rostro afligido
derrama su amargura dentro tu fuente clara.

Dime, tú, que en constante desvelo permaneces:
¿se ha acercado hasta ti, cuando el cuerpo perece,
algún alma desnuda, a conocer su cara?


"Poética", Manuel Bandeira
Estoy harto del lirismo comedido del lirismo obediente
del lirismo funcionario público con libro de expediente rápido 
          [protocolo y manifestaciones de aprecio al Sr. Director 
Estoy harto del lirismo que se detiene e investiga en el diccionario 
          [la etimología de algún vocablo
Abajo los puristas
Todas las palabras, sobre todo los barbarismos universales
Todas las construcciones sobre todo la sintaxis de excepción
Todos los ritmos sobre todo los innumerables
Estoy harto del lirismo galante
Político
Raquítico
Sifilítico
Lirismo que capitula ante lo que está fuera de sí mismo
Además no es lirismo
sino contabilidad tabla de cosenos secretario del amante 
          ejemplar con cien modelos de cartas y las diferentes
          maneras de agradar a las mujeres, etc.
Lo que busco es el lirismo de los locos
el lirismo de los ebrios
el lirismo difícil y punzante de los ebrios
el lirismo de los clowns de Shakespeare
No quiero saber más del lirismo que no nos libera.

jueves, 2 de febrero de 2012

Silabario hispanoamericano


Siempre pensé que la labor que el silabario hispanoamericano construyó en mí fue tan sólo uno de lo tantos salvavidas a los que tuve que recurrir para sobrellevar el cariz indeciblemente azul de todos los atardeceres. Y cuanto menos puedo decir respecto a los salvavidas es que operan de un modo curioso, casi como la semisuma de los designios divinos con los mundanos y lo que uno piensa retrospectivamente acerca de ellos cuando los prepondera de acuerdo a simbolismos íntimos. Desde hace algunos días vengo reflexionando en el cómo y el por qué del silabario en mi vida, en qué significa y qué consecuencias trajo; en haber aprendido a leer con estos ojos y con este corazón. Reparo en lo de mis ojos porque la primera palabra que aprendí a leer fue "ojo", palabra que en rigor no sabía leer puesto que memoricé que se escribía tal como uno dibujaría el rostro de una persona curiosa; reparo en lo de mi corazón porque lo ando trayendo en las manos disuelto y parchado como quien lleva un animalito muerto con la sangre aún tibia al templo de sacrificio (pese a que realmente sé que mi corazón necesita ser regalado; soy demasiado mujer y es infinitamente inexplicable cómo eso está inscrito en mí). Sé leer, sé escribir, sé cuáles son las vocales y cúales son las consonantes, conozco al revés y al derecho las reglas de acentuación, sé qué tan peligrosos son los neologismos en materia de demencias varias, conozco la etimología de todo el abecedario español y las grafías que dieron origen a cada una de las letras, sólo recuerdo las reglas de ortografía alusivas a los plurales de las palabras terminadas en "z" y las restantes las reconozco intuitivamente gracias a la costumbre, sé que los acentos gráficos existen consuetudinariamente para diferenciar las etimologías de las palabras y que realmente no existen -o en su defecto, híper existen debido a que todas las sílabas están acentuadas fonéticamente-, me he percatado ya de que el idioma español es una semilla muy fértil en virtud de todos los tiempos verbales que ofrece -y ni hablar del exceso de expresiones tipo póquer que sirven para identificar un millón de cosas usadas discretamente en múltiples lugares, contextos y países-. Pero hay algo que ignoro y que probablemente nunca sabré deletrear, algo que me está vedado a mí y a todos los que vivimos en el logos: ¿Cómo son las palabras cuando uno les quita la ropa?, ¿hacen el amor?, ¿cómo se ven en la mañana antes de maquillarse y ponerse sus trajecitos? Ignorar ello es ignorar todo lo que debería saber para sentirme más o menos coherente con mi historia desde este lado de la vía. En efecto, son veinte y pico años trazados en torno a una espiral, veinte y pico años dibujados antes de que este cuerpo supiera siquiera cómo decir el nombre que le inventaron, veinte y pico años empañados por el saludo y la despedida que se dieron los astros aquella noche de mayo en la que balbuceé mi primer llanto. Porque preguntarse por eso es lo mismo que intentar descifrar de dónde sacaré fuerzas para entender que él está al borde de aquella tijera que da y quita la vida, él, el misterio que debía ser resuelto mediante la lectura puesto que en cuanto aprendiera a leer podría acceder al gran secreto que los adultos me ocultaban. La ingenua promesa del entendimiento (esbozada por un silabario) está, finalmente, echando raíces. Y eso es lo menos -¡lo menos!- que podría decir.